Como miles de niños en Colombia, Ariadna no entiende por qué una persona mata a otra persona; y si acaso vislumbra razones remotas y absurdas, como la codicia o la venganza, más lejos está de comprender por qué un Estado fomenta la impunidad, y un pueblo entero parece guardar un silencio resguardado por la complicidad, la indiferencia o el temor. El hilo de sus preguntas lo va enredando a uno despacio en un laberinto siniestro que
obliga a ver cara a cara al monstruo que se agazapa detrás de los discursos edulcorados, de las promesas rotas, de las esperanzas castradas.
Un consuelo arisco pude atrapar al vuelo tratando de contener el desconcierto de Ariadna. «Si acaso la Muerte se pavonea por Colombia -le dije-, su orgullo es falso y efímero si los que quedamos destruimos el olvido; porque la memoria hace que pervivan aquellos que han muerto luchando por una vida mejor para los seres humanos. En cada recuerdo de esas mujeres y de esos hombres, hay una Antropofanía, como diría Julio Cortázar, una manifestación de lo mejor del ser humano. Ellos se manifiestan en sus obras, en su legado, en su ejemplo; en cada nueva obra, pensamiento o idea que logran inspirar; en esta conversación que tenemos tú y yo, recordándolos. Y no pasarán al olvido porque no vivieron en vano, porque retaron las normas que igualan a la mayoría en la mediocridad, porque su grito se sigue escuchando sordamente en la conciencia de sus verdugos; en fin, porque eran unos bichos raros que mostraron posibilidades para vivir».
Para algunos de esos bichos raros son estos poemas; para dar cuenta de Antropofanías anónimas que testificaron con su existencia la posibilidad de la utopía. Los esbirros de la Muerte yerran estrepitosamente simplificándola tanto: ella es más que la anulación eterna de lo vivo. La Muerte es la más rica mutación de las paradojas; el ineludible enigma humano que jamás será resuelto; y, a pesar de ello, la única certeza que tenemos. Tal vez
ella misma no lo sepa, porque, insaciable, se pavonea por Colombia cortando millones de brotes vitales antes de su maduración, o a punto de dar frutos, suponiendo que las manos asesinas, esos esbirros suyos, someterán la Vida a sus pies. Lo que con seguridad ignora la Muerte es que precisamente su guadaña lanza a estos seres humanos a una inmortalidad insospechada.
Campesinos, indígenas, sindicalistas, estudiantes, periodistas, artistas; en fin, seres humanos que alejados del mundo de la fama y del reconocimiento se dedicaban con humildad y tesón a no vivir su vida en vano. Miles de ellos fueron víctimas de asesinatos por motivos políticos. La caracterización es imprecisa, lo sé; pero carezco de una mejor. Fueron asesinados por sus tierras, por sus ideas, por su lucha social, porque denunciaban crímenes
e injusticias, porque organizaban su comunidad, porque reivindicaban derechos, porque producían arte, porque enseñaban a pensar… porque no querían pesadillas norteamericanas sino sueños latinoamericanos.
En Colombia asesinaron, según Indepaz, entre enero y noviembre de 2020, a 254 líderes sociales y defensores de derechos humanos y, en el mismo periodo, a 56 firmantes del Acuerdo de Paz. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1970 y 2015, se registraron 60.630 casos de desaparición forzada en el país.
Estos pocos poemas buscan mostrar que la Antropofanía es posible y que, a despecho de los verdugos, la Muerte queda vencida por la Memoria.
Les pido a todas esas víctimas cuyas memorias no aparecen en este texto que me disculpen. Las balas son más rápidas que las letras aunque, por fortuna, menos efectivas. Espero que puedan ver en cada uno de los aquí evocados la presencia inequívoca de los miles que no se nombran.
Cuando terminé de hablar, Ariadna me miró con agradecimiento y un dejo de compasión que quería expresar: «lo intentaste, pero no alcanza». Al final me dijo: «Ojalá no maten más, no importa que se acaben las Antropofanías».
Buenos Aires, 16 de noviembre de 2020
Antropofanías para Ariadna